En Argentina, muchos jóvenes creen todavía que el estudio y el trabajo son las llaves para abrirse horizontes de progreso. Esta creencia es, en una medida importante, lo que sostiene sus esfuerzos cotidianos. Pero entre esa creencia y las condiciones reales para convertirla en realidad, la distancia puede ser muy grande. A veces infranqueable. Este artículo compara las narrativas de futuro de dos grupos de jóvenes que viven en mundos profundamente distintos: por un lado, jóvenes que crecieron en familias de altos ingresos; por otro, jóvenes que crecieron en barrios populares.
Imágenes de futuro
Nos preguntamos cómo unos y otros construyen las imágenes de futuro que guían sus decisiones presentes. Nuestro objetivo es mostrar que la distancia entre ambos grupos es tanto material como narrativa y que eso está generando una fractura que la sociedad y la política contemplan todavía sin reacción.
La creencia en que el estudio y el trabajo permiten a cualquiera progresar, sin importar el origen social, fue algo más que un ideal. Funcionó históricamente como una narrativa colectiva que dio sentido a las trayectorias personales y a las dinámicas sociales. Sin embargo, desde el retorno de la democracia, el país ha sido incapaz de frenar el deterioro de los mecanismos que hacían creíbles estas promesas de inclusión.
Lo que hoy estamos observando es que, si bien esa narrativa sigue viva en muchos jóvenes, la distancia entre la promesa y las condiciones para realizarla está alcanzando un umbral en el que se pone en duda su credibilidad.
Las entrevistas
El estudio se basa en cincuenta entrevistas a jóvenes de 16 a 24 años, veinticinco para cada grupo. En el primero, la mitad vive en barrios cerrados y la otra mitad en zonas de alto poder adquisitivo del conurbano norte o CABA.
Las entrevistas a jóvenes de barrios populares fueron seleccionadas de una muestra más amplia de ochenta testimonios obtenidos entre 2024-2025, en el marco de la investigación “La narrativa rota del ascenso social”.
Allí se evidenciaba que el 40% de los jóvenes de barrios populares seguían relatando su vida a partir de la narrativa del ascenso social (aunque con serias dudas sobre sus posibilidades de realizarla) mientras que otro 20% reducía sus aspiraciones al mínimo y otro 40% directamente las abandonaba. Para este trabajo se decidió trabajar sólo con el primero de los grupos: los 25 jóvenes que todavía mantienen narrativas de ascenso social.
Hallazgos principales
Mientras los jóvenes de hogares de altos ingresos construyen imágenes del futuro llenas de detalles, con hitos claros a alcanzar y múltiples alternativas, los jóvenes que crecieron en barrios populares apenas logran sostener expectativas y estas se tambalean frente a la falta de apoyo y recursos para hacerlas realidad. Para los primeros, el futuro se parece a un mapa con caminos por explorar. En cambio, para los segundos, a un salto incierto. Se narran como héroes de una historia que los enfrenta a enormes dificultades y en la que se juega su destino a cada momento.
La distancia entre ambos grupos es tanto narrativa como material. Los jóvenes de familias de altos ingresos acceden a ecosistemas de crianza densos y articulados, con múltiples recursos coordinados. Sus historias reflejan esfuerzos individuales que se apoyan en una intensa trama social. Cuentan con personas (padres, amigos, hermanos, profesores, compañeros) e instituciones (escuela, universidad, club). Los jóvenes de barrios populares, en cambio, crecen en ecosistemas fragmentados y precarios. Describen familias débiles, monoparentales, sin trabajo fijo, con pocos ingresos y ubicadas en un ecosistema de servicios deteriorados. A su alrededor, una infraestructura precaria y un entorno social peligroso.
En ese marco, muchos jóvenes de los sectores populares perciben que “hacer las cosas bien” no garantiza resultados porque los desenlaces son siempre inciertos. Tan frágiles se perciben las posibilidades de concretar sus sueños que, a veces, se vuelve preferible evitar su enunciación, como revela el comentario de una de las entrevistadas: «En mi familia cada uno tiene un sueño, pero mucho no lo contamos porque los queremos cumplir, no queremos que se estropeen (…) a veces como que vos pensás que va a salir todo bien, pero siempre puede haber una piedrita que te estropea todo y sale todo mal».
Los jóvenes de familias de altos ingresos se presentan como actores cuyo protagonismo está sostenido en un entorno social que invierte en ellos y valida sus expectativas futuras. En contraste, los jóvenes de los barrios populares narran historias en las que sostienen sus expectativas a partir de su propio esfuerzo individual contra un entorno adverso y peligroso. Los primeros son actores de un orden social que invierte en ellos y reconoce sus logros, los segundos héroes que deben crear sus propias posibilidades ante un destino que a cada paso parece negárselas. En ese sentido, el individualismo de sus relatos no resulta una afirmación ideológica sino fundamentalmente empírica.