Un documento escrito por el Instituto Universitario CIAS junto con Fundar.
Ilustración: Micaela Nanni
El desborde de las escuelas expresa, con particular claridad, el deterioro de instituciones, servicios y espacios de sociabilidad que median el acceso de esos jóvenes a los recursos con los que forjan sus expectativas de futuro. ¿Qué ocurre con las escuelas en un contexto de deterioro de la promesa de progreso y ascenso social?
La magnitud del problema tiene dimensiones que la política educativa debe asumir de manera urgente: problemas de gestión, de recursos, de motivación, de infraestructura. Pero también es la consecuencia previsible de pedirle a una institución que resuelva, con los recursos de siempre, problemas que la exceden por todos lados.
Se trata de una preocupación que no es exclusiva de los indicadores educativos. Porque la promesa que está en el origen de la escuela argentina —que el estudio permite “ser alguien” no importa el origen social— es también el núcleo de la narrativa igualitaria que le dio cohesión a este país y que organizó sus conflictos.
El deterioro en números
El 42% de los jóvenes encuestados de entre 19 y 24 años abandonaron la escuela. De los que asisten, el 59% tiene sobreedad. Detrás de estos números hay malestares que jóvenes, familias y educadores describen con notable coincidencia: clases que se interrumpen con frecuencia, aprendizajes que no alcanzan para sostener trayectorias futuras, violencias que entran. Sin una idea de futuro, la escuela como puente a algo mejor se desmorona.
Dentro de las aulas conviven perfiles con trayectorias muy distintas. Lo que los diferencia no son capacidades individuales sino condiciones de vida. Los docentes diferencian a los comprometidos de los desconectados (que asisten pero no se involucran en el aprendizaje y priorizan el trabajo) y de los conflictivos, que reproducen en el aula la dinámica de la calle. Una directora estima que sólo un 40% de sus estudiantes tiene un proyecto de vida vinculado al estudio.
Las escuelas tienen cada vez más dificultades para hacerse cargo de estas situaciones. Hacen mucho más que enseñar y ponen al límite sus capacidades de funcionamiento. Distribuyen alimentos, median conflictos familiares, consiguen turnos médicos, detectan situaciones de abuso y violencia, alojan a quienes sufren inundaciones. Además, se enfrentan a una situación de emergencia de salud mental. El 52% de los jóvenes encuestados reporta haber sufrido ansiedad y el 37% depresión. El 51% dice que la mayoría de sus amigos consume drogas y el 15% reconoce ser o haber sido adicto.
Frente a ese desborde, las escuelas desarrollan diferentes estrategias. Esa variabilidad produce más segmentación dentro del sistema educativo y en particular entre las escuelas públicas de áreas vulnerables. Algunas seleccionan y, de manera más o menos explícita, van desplazando a los estudiantes más difíciles hasta que abandonan. Otras los incluyen con recursos y liderazgos consolidados que les permiten sostener marcos de convivencia y aprendizaje. Y también están las que intentan incluir pero sin los recursos necesarios y terminan desbordadas, con docentes resignados o que eligen irse a otras escuelas. La consecuencia es que se concentra a los alumnos con más dificultades en las instituciones con menos capacidad para contenerlos.
El lugar de las escuelas
La mayor institución del territorio
En los barrios populares, la escuela no es una institución más; como la define una directora, es “la mayor institución del territorio”. Los datos muestran que el 91% de los jóvenes encuestados de 15 a 18 años asisten a un establecimiento educativo.
Completar los estudios secundarios —repiten los testimonios— te permite conseguir un trabajo, salir del barrio, independizarte, tener proyectos, progresar. Esta idea está en el núcleo del mandato familiar que los jóvenes reciben: “terminá el secundario para poder ser alguien en la vida”. Incluso entre aquellos que la abandonaron, el 90% sigue pensando en “algún día” volver.
Para las madres, que sus hijos terminen los estudios está entre los propósitos centrales de la crianza: “que tenga un título en mano, que pueda trabajar de algo estable, no tener que estar mendigando ni pidiendo ni nada, no me gustaría que pase lo que pasamos nosotros”.
Esta convicción también se encuentra en los directivos y docentes. En sus palabras, la escuela es “la principal herramienta de futuro”, “les da la posibilidad de tener otra realidad”, “les muestra que no tienen necesariamente que repetir la historia de sus padres”.
Un techo fuera de casa
Los testimonios convergen es la relevancia de la escuela como espacio de sociabilidad valioso en sí mismo; la escuela es considerada una alternativa a “la esquina”.
Ir al colegio, dice Leandro (21), te permite “no estar en la calle, no juntarte con amistades que… bueno, uno quiere evitar, y como que te conecta de vuelta, te ayuda a estar bien mentalmente, te reís, conoces gente que te ayuda a prosperar y no hundirte”.
Para los docentes, la escuela no sólo permite escapar del ambiente violento del barrio —a veces de sus hogares—, también suele ser “el único lugar en el que pueden ser niños o adolescentes”, donde “pueden hablar y organizar su experiencia de vida”.
Las familias la ven como un soporte imprescindible para la crianza. Garantiza que sus hijos “no andan en la calle”, organiza su tiempo y les permite disponer del que necesitan para obtener ingresos o cuidar a otros menores
Un piso de oportunidades
Los testimonios también coinciden: la credencial educativa es condición para acceder a cualquier trabajo. Dice Micaela (22): “Hoy en día te piden un título hasta para limpiar el piso”. Y agrega Valeria (24): “si no, no te dan trabajo, y menos los que están en fábricas, en blanco, esos peor”.
La escuela es, más allá de cualquier motivación intrínseca, el lugar donde se va para obtener esa credencial. Más allá de las oportunidades que pueda abrir o no la escuela, lo que está claro es que no tener el título cierra muchas puertas.